Hoy muchos textos se escriben solos.
Y también se leen solos.
Se redactan en segundos, se locutan sin tropiezos, con una corrección impecable. Todo fluye. Todo suena bien.
Y, sin embargo, algo falta.
Porque el lenguaje no es un algoritmo.
No es una fórmula que se aplica. Es elección. Es intención. Es saber por qué una palabra sí… y otra no.
La inteligencia artificial escribe.
Y puede incluso poner voz.
Pero no decide.
No entiende el matiz.
No sabe lo que es un zaleo.
Ni por qué alguien se cala un chambergo para salir al campo.
Ni qué significa que “la María anda con galbana” o que hay andancio en el pueblo.
No está en su memoria.
Y lo que no está en su memoria… corre el riesgo de desaparecer.
Porque en los medios —también en la radio— el lenguaje nunca es neutro.
Cada verbo marca una intención.
Cada palabra, una forma de ver el mundo.
Si dejamos de usar esas palabras, si dejamos de decirlas, si dejamos de nombrar como hablamos… dejamos de ser quienes somos.
Y eso es lo que está en juego.
No la tecnología.
Sino la pérdida de una lengua viva, con acento, con historia, con tierra.
El lenguaje humano es imperfecto.
Pero precisamente por eso es valioso.
Porque duda.
Porque corrige.
Porque recuerda.
Porque no se limita a sonar bien…
sino que lleva dentro la vida de quien lo habla.
El lenguaje no es un algoritmo.
Y el día que dejemos de decir la Carmen o de ir hechos un zaleo, no perderemos solo palabras.
Perderemos una forma de estar en el mundo.
«El lenguaje no es un algoritmo»
La periodista peñarandina reflexiona sobre la Inteligencia artificial y el lenguaje





