La muerte del matiz
Hemos hablado de la precisión del lenguaje
De llamar a las cosas por su nombre.
Pero hay algo todavía más difícil de conservar: el matiz.
Porque uno puede decir exactamente la misma frase…
y querer decir cosas completamente distintas.
Eso, de momento, la inteligencia artificial no termina de entenderlo.
No entiende la retranca.
Ni el doble sentido.
Ni ese “mi niño” que en Salamanca puede sonar a cariño… o a aviso.
Porque el lenguaje humano no vive solo en las palabras.
Vive en cómo se dicen.
En la pausa.
En la intención.
En la media sonrisa.
No es lo mismo decir “cuidaito”…
que decir “cuidaito”.
Y cualquier castellano sabe perfectamente la diferencia.
Ahí está el matiz.
Ese que no aparece en los diccionarios.
Ni en los algoritmos.
El lenguaje popular está lleno de eso, de matices..
De frases que significan más de lo que dicen.
De silencios que hablan solos.
De maneras de hablar que vienen de muy atrás.
Por eso da miedo que acabemos escribiendo todos igual.
Con frases perfectas…
pero sin alma.
Porque perder palabras sería grave.
Pero perder el matiz…
sería mucho peor.
Sería dejar de reconocernos.
Y aquí, en esta tierra tan nuestra, eso nunca ha hecho falta explicarlo mucho.
Basta con ver venir el cielo por Ledesma…
y barruntar lo que se acerca.
Ana plaza





