Nuestra ciudad sufre el temporal más grave de nieve, viento y lluvia desde la Filomena en el año dos mil veintiuno, pero no pasará a la historia, ni mucho menos. Estos días crudos de invierno me evocan los que vivíamos hace décadas en Peñaranda. En los aleros de las casas se acumulaban los carámbanos y permanecían días e incluso semanas si sobrevivían a los ataques de los niños que intentábamos hacernos con alguno de dimensiones considerables con el que jugar cual espada o alguno que chupábamos como si de un helado se tratara. Además, los alumnos del colegio Miguel de Unamuno preparábamos una pista de patinaje en la umbría del edificio, en la calle García de la Cruz. Cogiendo carrerilla, nos tirábamos con sacos e incluso sin nada, con malas consecuencias para la ropa, y la pista tenía cerca de cinco metros de longitud. La pista permanecía intacta durante semanas debido a las bajas temperaturas que se sucedían día tras día. También recuerdo que era la época de las matanzas domiciliarias, para aprovechar las bajas temperaturas y que los embutidos se curaran adecuadamente, y, sobre todo durante los fines de semana, las familias y los amigos se reunían en los patios de las casas para vivir una tradición que hoy, por desgracia, prácticamente ha desaparecido en nuestra ciudad. Traigo a colación estos recuerdos de infancia porque ahora parece que estas jornadas desapacibles y complicadas son algo extraordinario, cuando nuestros abuelos y padres las afrontaban como algo habitual en nuestra tierra. El invierno de este año, con frío, lluvias y nieve, será recordado como uno de los de antaño, de los que forjaron el carácter de generaciones y generaciones de peñarandinos. Ah, y espero que si algún convecino aún hace la matanza se le curen bien los chorizos y los salchichones.
Francisco Javier Martínez



