Hay privilegios silenciosos, de esos que no se suelen presumir en redes sociales pero que valen más que cualquier viaje exótico o cualquier plan sofisticado. Uno de ellos es tener pueblo. Porque tener pueblo es tener un lugar donde el tiempo se mide de otra manera, donde las prisas no existen y donde uno siempre se siente parte de algo más grande que sí mismo.
En mi caso, esa suerte se llama Peñaranda de Bracamonte, por parte paterna. Y aquí quiero hacer un inciso importante, sobre todo para los que no lo sepan: ¡Peñaranda no es un pueblo, es una ciudad! Lo digo orgulloso, porque no todo el mundo puede presumir de tener raíces en una ciudad con historia, con cultura, con vida propia. Pero, al mismo tiempo, para quienes vamos cada verano, Peñaranda se siente como ese pueblo al que siempre regresas: cercano, acogedor, familiar. Y en esa mezcla está su magia.
Los amigos del pueblo son distintos. Son los que conociste jugando en la plaza, los que aprendieron contigo a montar en bici, los que compartieron contigo meriendas improvisadas o partidos interminables al caer la tarde. Da igual que pase un año entero sin vernos: cuando llega el verano, basta una mirada, una broma, un “¿te acuerdas de aquella vez…?” para retomar la complicidad. Y esa sensación es impagable.
Los días en Peñaranda tienen un ritmo propio. Por la mañana, la vida de la plaza, el mercado, las campanas. Por la tarde, los paseos, la piscina, las conversaciones que se alargan hasta que cae el fresco. Y por la noche, lo mejor: cenas en la calle, historias compartidas y ese cielo lleno de estrellas que en las ciudades grandes apenas se ve.
Y, por supuesto, están las fiestas. Esa mezcla de música, tradición y reencuentro que convierte a Peñaranda en un lugar único. Las peñas, las verbenas, los encuentros improvisados en cada esquina… son momentos que se graban en la memoria colectiva y que uno espera durante todo el año. Porque la fiesta no es solo diversión: es también pertenencia, es identidad compartida.
Lo bonito de tener pueblo es que cada verano sumas nuevas anécdotas, pero también vuelves a vivir las de siempre. Hay un ritual en repetir caminos, en saludar a las mismas personas, en sentarse en los mismos bancos. Y al mismo tiempo, hay algo emocionante en descubrir que, aunque pase el tiempo, los lazos siguen intactos.
A veces pienso que tener pueblo es tener un refugio. Un lugar al que volver cuando la vida va demasiado deprisa, un lugar donde todo se entiende mejor. Porque allí la felicidad no depende de grandes cosas: depende de estar juntos, de disfrutar de lo sencillo, de sentirse parte de una historia que empezó antes que nosotros y que seguirá después.
Por eso, cuando alguien me pregunta qué significa para mí tener pueblo, lo tengo claro. Significa tener raíces, significa tener amigos que son casi hermanos, significa tener un lugar donde cada verano recupero una parte de mí que a veces la ciudad me hace olvidar. Y, sobre todo, significa tener suerte.
La suerte de ser de Peñaranda de Bracamonte. La suerte de pasar allí los veranos. La suerte de vivir momentos que no se pueden comprar ni se pueden inventar en otro sitio. Momentos que solo un pueblo, con su gente, su ritmo y su autenticidad, sabe regalar.




