«Nadie puede vivir en carnaval perpetuo sin terminar exhausto»

Para el estudiante de Periodismo «la verdadera abundancia no consiste en tener siempre más, sino en saber cuándo basta»
3 de febrero de 2026 - 1:25 pm

Cuenta la tradición medieval -y lo dejó por escrito Libro de Buen Amor- que cada año se libraba una batalla pintoresca entre Don Carnal y Doña Cuaresma. Él avanzaba entre risas, vino y carne; ella imponía ayuno, recogimiento y ceniza. No era una guerra moral, sino un pacto: al desenfreno debía seguirle la pausa. A la abundancia, el límite. El calendario enseñaba así una pedagogía elemental del cuerpo y del deseo.

Hoy, sin embargo, alguien ha roto el acuerdo.

Don Carnaval ha decidido no marcharse nunca.

Lo reconocemos sin dificultad. Ya no lleva máscara ni cascabeles: viste de oferta permanente. Habla en el idioma de la urgencia. “Aprovecha”. “No te quedes fuera”. “Últimas horas”. Ha colonizado el año entero hasta convertir la vida en una sucesión de estímulos. Todo invita a celebrar, comprar, producir, opinar, consumir experiencias como si el tiempo fuera a agotarse mañana.

Vivimos en una fiesta obligatoria.

Y como en toda fiesta interminable, empieza a oler a cansancio.

El viejo Carnaval tenía fecha de caducidad: tres días de exceso y luego silencio. El nuestro no descansa. El mercado, las pantallas y la ansiedad han perfeccionado su estrategia: mantenernos excitados, entretenidos y ligeramente insatisfechos. Porque quien se detiene, no compra; quien reflexiona, duda; quien se sacia, desaparece del circuito.

Por eso Doña Cuaresma resulta hoy casi subversiva.

Su propuesta -parar, renunciar, esperar- suena a derrota en una cultura que confunde movimiento con progreso. Pero quizá no era castigo lo que traía, sino equilibrio. La Cuaresma enseñaba algo que hemos olvidado: que el límite no empobrece, ordena. Que la abstinencia no niega el placer, lo afina. Que sin silencio no hay música.

Ahora la penitencia adopta otras formas: cerrar la aplicación, aplazar una compra, pasar una tarde sin notificaciones, reparar en lugar de reemplazar, comer con calma, aburrirse incluso. Pequeños gestos que parecen insignificantes y, sin embargo, desobedecen la lógica del exceso permanente.

Tal vez la crisis contemporánea no sea económica ni tecnológica, sino rítmica. Hemos perdido el compás. Todo es fortissimo. Todo es urgente. No sabemos alternar.

Nadie puede vivir en carnaval perpetuo sin terminar exhausto.

Quizá por eso proliferan las palabras que antes no necesitábamos: burnout, detox digital, minimalismo, desconexión. Son nombres modernos para una intuición antigua: el cuerpo y la mente piden cuaresma. Piden descanso, contención, vacío.

No para castigarnos, sino para volver a elegir.

Porque el problema nunca fue Don Carnaval. La vida necesita su risa, su exceso ocasional, su celebración de estar vivos. Lo peligroso es su monopolio. Cuando todo es fiesta, nada lo es. Cuando todo es consumo, nada satisface.

A lo mejor ha llegado el momento de reconciliar a los viejos enemigos. Devolverle a cada cual su turno. Permitirnos la alegría sin culpa y la pausa sin vergüenza.

Aprender, en definitiva, que la verdadera abundancia no consiste en tener siempre más, sino en saber cuándo basta.

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