«Hablando en términos históricos… ¡cien años no es nada!»

El peñarandino realiza un viaje emotivo por el Peñaranda de 1926, entre solidaridad, progreso, cultura y recuerdos que aún laten intensamente todavía hoy

Hablando en términos históricos… ¡cien años no es nada! 

Además hay años que siguen vivos, aunque el calendario diga lo contrario. Años que se quedan en el alma, como luz suave. Mil novecientos veintiséis fue uno de ellos para Peñaranda de Bracamonte.

Por entonces, Lorenzo Cantalapiedra Gil llenaba la villa de ilusión y cientos de niños recibían juguetes con ojos que casi brillaban. En el teatro Calderón la velada de los docentes del Colegio de 2ª Enseñanza dejaba música, escena y un silencio dulce, como si cada nota quisiera quedarse a vivir en el aire.

En una sala sencilla, Julio Arias Camisón explicaba el cielo y sus giros con palabras que todos podían seguir. En otra, el médico Gerardo Manuel Ace avisaba de males que ya entonces inquietaban. La ciudad escuchaba, aprendía, se unía.

Las manos de las señoras de La Caridad y de Asistencia Social al Necesitado tejían ayuda en silencio, sin prisa. Pan, apoyo, consuelo… Ese tipo de cariño que hoy se echa de menos.

Catorce vecinos seguían las emisiones radiofónicas. Catorce. Entre ellos, quizá algún joven que soñaba con un mundo más amplio. Y la hazaña del “Plus Ultra”, con FrancoRuiz de Alda y Durán, encendía un orgullo que unía a todos en un mismo latido.

La fe llenaba templos y calles. El cura de entonces, Alejandro Gorjón, guiaba pasos solemnes, luz de vela, silencio que emocionaba. Niños con vela en mano, gente que vivía esos días como si el alma se les llenase de calma.

No faltó la pena: un accidente dejó sin mañana a Crisanto Tejedor, y la ciudad sintió ese golpe como se sienten las ausencias que duelen de verdad.

Y llegó ese día que quedó grabado para siempre: el tren desde Ávila. La estación llena, la banda sonando, el alcalde Álvarez-Cedón en primera línea, vecinos de todas las edades esperando el silbido que anunciaba un nuevo tiempo. Cuando el convoy se detuvo, con el Presidente de Gobierno como viajero excepcional, la emoción fue tan honda que aún hoy parece que se puede oír. El mismísimo Marqués de Estella, Miguel Primo de Rivera, inauguró por fin el último tramo y Peñaranda de Bracamonte, ahora sí, quedó unida con el mundo.

Cien años después, aquel 1926 sigue vivo. Late en cada esquina, en cada casa antigua, en cada nombre que aún se evoca. Como si el tiempo dijese, en voz baja, que nada se pierde del todo. Que lo vivido sigue aquí… muy cerca… muy vivo.

Bueno, ala, hasta otro día. 

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