Abuelo/Abuela. Tan solo cinco letras. Y, sin embargo, cuánto puede caber dentro de esta palabra tan bonita. Cabe una infancia. Cabe una familia entera. Cabe un hogar. Cabe una vida. Cabe un amor que no se parece a ningún otro.
Por eso, hoy quiero rendir un homenaje a todos los abuelos. A los que fueron, a los son, y a los que serán.
Yo, que he tenido la inmensa suerte de crecer con ellos. Y digo suerte, porque sé que lamentablemente no todo el mundo ha tenido este privilegio.
Los abuelos, que forman parte de nuestra vida y también de la persona que somos hoy. Los abuelos que están en nuestros buenos y en nuestros malos momentos, en nuestras alegrías y en nuestras preocupaciones, y en cada una de esas pequeñas cosas que, cuando eres niño, parecen insignificantes, pero que con los años descubres que eran lo más importante. A TODOS ELLOS, GRACIAS.
Porque si echamos la vista atrás, el recuerdo de nuestra infancia tiene la voz de nuestros abuelos. Tiene sus manos y ese olor tan particular que solo existe en sus casas. Tiene una mesa puesta con nuestra comida favorita. Tiene una conversación que ya escuchamos mil veces y que hoy daríamos cualquier cosa por volver a escuchar una vez más. Y tiene abrazos, esos abrazos que recibíamos sin pensar que algún día podríamos echarlos tanto de menos.
Y entonces te das cuenta de algo que quizá deberíamos aprender mucho antes: que los abuelos no son eternos. Bueno, o al menos, no lo son físicamente.
Pero nosotros creemos que sí, creemos que siempre estarán ahí.
Que siempre podremos ir a verlos el domingo.
Que siempre habrá otra Navidad.
Otro cumpleaños.
Otra comida familiar.
Otra llamada.
Otro “abuela, ¿qué haces?
Otro “abuelo, cuéntame aquello otra vez”.
Y aunque la rutina nos envuelve en nuestro día a día, pensamos que aún tenemos tiempo. Ay el tiempo… Siempre creemos que tendremos más. Y entonces, el tiempo se acaba.
Por eso, si todavía tienes a tus abuelos, quiero pedirte una cosa.
No esperes.
No esperes a tener tiempo.
No esperes al domingo.
No esperes a que sea su cumpleaños.
No esperes a que sea Navidad.
Ve a verlos.
Llámalos.
Siéntate con ellos, aunque no tengas nada que contar.
Pregúntales por su infancia.
Por cómo se conocieron.
Por cómo era el pueblo cuando ellos eran jóvenes.
Por cómo vivieron.
Por las cosas que soñaban cuando ellos tenían tu edad.
Porque quizá ahora esas historias te parecen repetidas.
Pero llegará un día en el que pagarías cualquier cosa por escucharlas de otra vez.
Dales un abrazo un poco más largo.
Diles que les quieres. Aunque te dé vergüenza. Aunque nunca hayas sido de decir esas cosas. Díselo. Porque no hay nada más triste que descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que hubo palabras que nos dejamos por decir.
Y aunque algún día ya no estén, nadie podrá quitarnos lo vivido con ellos. Porque hay personas que, aunque mueren, se quedan con nosotros para siempre.
Y mis abuelos seguirán viviendo en mis recuerdos.
En las historias que cuento.
En las cosas que aprendí de ellos.
En mis gestos y manías.
En mis ojos azules, heredados de mi abuelo Sotero. En mis pequeñas orejillas como las de mi abuelo Jesu. En mi naricilla achatada como la de mi abuela Caroli. Y en mi tez blanquita y suave como la de mi abuela Nina.
En las palabras que todavía escucho dentro de mi cabeza. Y, sobre todo, en la mujer que hoy soy.
Porque ese es el verdadero regalo de los abuelos: que nos enseñan a querer de una manera tan bonita que permanece incluso cuando ellos ya no están.
A todos los abuelos. A mis abuelos, que son la luz que me guía cada día. Pero, hoy, 21 de septiembre, en el Día Mundial del Alzheimer, sobre todo, y con un cariño especial, a mis dos abuelas. Porque, aunque ellas olvidaran quien soy yo, yo sí que recuerdo quien son ellas. Os quiero.
Beatriz de Castro Bermejo.




