«Mi escala de valores se basa en vivir la ética de la solidaridad»

El peñarandino reflexiona sobre la mediocridad creciente y la necesidad de recuperar el esfuerzo, el mérito y los valores

La visita del Papa León XIV a España, junto a pensamientos profundos sobre la situación sociopolítica y espiritual de este país, ha dejado traslucir algunos detalles que cabe tener en consideración, tanto en las ciudades superpobladas como en los núcleos más pequeños como Peñaranda de Bracamonte, por ejemplo. En eso somos iguales.

Se ha referido el Papa a la pederastia, sin nombrarla, como una plaga, que no digo yo que no lo sea, y tampoco ha nombrado esa otra plaga, más grande si cabe, que también asola este país, y que duele en el alma. Me refiero a la plaga de la mediocridad, del todo vale, lo contrario que la excelencia. Mediocridad a todos los niveles, mediocridad que lo domina todo, que lo invade todo. Y duele, claro que duele. El Papa no la ha nombrado por su nombre pero la ha dejado caer entre líneas. Hay que luchar contra tanta mediocridad que nos asola, como una forma de vida.

Parece que aprender y mejorar desde pequeños ya no se lleva, que no está de moda. Y nos olvidamos que vivir es aprender, para ignorar menos; 

que vivir es amar, para vincularnos a una parte mayor de la humanidad; 

que vivir es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; que vivir es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos.

Padecemos de una ignorancia contumaz, incluso presumimos de ella; eso es la estulticia.  Y así nos va. No puedo por menos de evocar aquellas palabras sabias de un catedrático peñarandino como Martín Sánchez Ruipérez, que las nuevas generaciones no sabrán siquiera quien era, claro. Estaban basadas en una sencilla escala de valores que hoy se van perdiendo.

Decía el viejo profesor que  “mi escala de valores se basa en vivir la ética de la solidaridad, del mérito por el esfuerzo, del cumplimiento del deber, de la palabra verdadera, del respeto a los bienes, ideas y sentimientos de los demás, de las cuentas claras”. Igualito, igualito, que lo que vemos a diario en nuestro entorno.

Otro salmantino ilustre, como el abogado  Alberto Estella Goytre, era aún más pragmático en su consideración de la vida. Decía que “En la madurez, las ofensas apenas duelen; los elogios los vendimio incrédulo; aprovecho los afectos, demasiados para mis merecimientos; contemplo divertido a mis odiadores ¿Qué sería de mí sin ellos? Y procuro no encenderme con nada. Así voy tirando, apurando la existencia con la mayor intensidad.

Pues eso. Apliquémonos el cuento. Que no creo.

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