familiar: palabras como infectados, cuarentena, PCR, informaciones incompletas, distintas versiones… El resultado está siendo esa incertidumbre y desconfianza característica del miedo a lo desconocido.
Para empezar, no soy ningún especialista ni seguramente el más indicado, pero conviene recalcar que el hantavirus no es una enfermedad nueva ni desconocida para la comunidad científica. Se transmite principalmente a través de roedores y no tiene una capacidad de contagio masivo comparable a otros virus respiratorios. El problema ha sido la alerta al conocer que, en ese entorno de roedores y en una fiesta en la Patagonia, también se dieron contagios entre humanos, siendo estos más difíciles de darse.
Pero cuando escuchamos palabras de un contexto que en 2020 puso nuestras vidas patas arriba nos saltan todas las alarmas. Y ahí es donde las instituciones deberían demostrar que existe un protocolo claro, coordinado y transparente. No basta con decir que todo está controlado, sino que hay que explicar quién toma las decisiones, qué riesgos existen y cómo se comparte la información. Parece fácil pero ya hemos visto demostrar falta de entendimiento entre gobierno autonómico de Canarias y ministerio de Sanidad.
España arrastra desde hace años un problema de coordinación sanitaria ante emergencias que quedó especialmente expuesto durante la pandemia y durante la Dana. Parece que las competencias aún no están claras y estos casos exigen una dirección común capaz de actuar con rapidez y sin contradicciones.
También hay una cuestión política de fondo. Cada crisis sanitaria se convierte en intereses partidistas. Unos acusan al Gobierno central de improvisación y otros reprochan a las autonomías falta de colaboración. Mientras tanto, una vez más observamos preocupados frente a las noticias titulares alarmantes sin saber exactamente qué parte responde a un riesgo real y cuál forma parte del ruido político.
En emergencias de salud pública, la confianza en las instituciones es tan importante como los recursos médicos, para no desembocar en el caos. La situación del barco en Canarias parece ser y esperemos que quede como una alerta controlada y limitada, pero evidencia una vez más que España necesita mecanismos de coordinación sanitaria más ágiles, menos burocráticos y menos condicionados por la disputa política. Cuando aparece una amenaza así, se espera sencillez, información clara, responsabilidad compartida y una respuesta conjunta conforme al modelo estatal y autonómico bajo el que se supone que se organiza el país. Esperemos haber aprendido algo.





