Hay fechas que no necesitan demasiada explicación. Llegan al calendario y, casi sin darnos cuenta, nos obligan a mirar hacia casa. El Día de la Madre es una de ellas.
Porque madre es una palabra pequeña, pero dentro cabe una vida entera. Cabe la que te espera despierta aunque diga que no. La que pregunta si has comido. La que sabe que te pasa algo solo por cómo contestas. La que te riñe, te cuida, te abraza y, muchas veces, se guarda sus propios cansancios para que tú no cargues con ellos.
Una madre no siempre hace grandes discursos. A veces quiere en silencio. En una llamada. En un plato caliente. En una preocupación que repite mil veces. En ese “avísame cuando llegues” que de pequeños nos parecía exagerado y que con los años entendemos como una de las formas más puras del amor.
El Día de la Madre no va solo de flores, regalos o mensajes bonitos. Va de parar un momento. De agradecer. De mirar a esa persona que tantas veces hemos dado por hecha y reconocer todo lo que ha hecho, incluso lo que nunca nos contó.
Porque hay madres que lo han dado todo sin hacer ruido. Madres que han trabajado, cuidado, esperado, perdonado y sostenido. Madres que han sido casa incluso en los días en los que ellas también necesitaban refugio.
Y también es un día para acordarse de las madres que ya no están. De esas que siguen apareciendo en una frase, en una receta, en una canción, en una forma de mirar la vida. Porque una madre puede irse, pero rara vez deja de estar.
Quizá hoy no haga falta decir mucho más. Solo llamar, abrazar, agradecer. Decir “te quiero” antes de que sea tarde. Porque una madre no necesita grandes homenajes. A veces le basta con saber que todo ese amor que dio, de alguna manera, volvió.
Y ojalá vuelva siempre.





