Esta semana hemos estado viviendo con una noticia que nos ha dejado a todos con un nudo en el estómago. Los recientes descarrilamientos de trenes nos han recordado, de la forma más dura, lo frágil que puede ser la vida y lo rápido que todo puede cambiar.
Nos ha conmovido a todos. Porque eran trenes llenos de trayectos normales, de personas que continuaban con su día, sin imaginar que todo podía cambiar.
En momentos así, sobran las palabras y las explicaciones. Ahora mismo lo importante son las personas: las víctimas, sus familias, los heridos y también quienes están acompañando, ayudando y sosteniendo desde el silencio —los equipos de emergencia, sanitarios y voluntarios—.
Estas tragedias nos enfrentan a algo que muchas veces preferimos no mirar de frente: que no tenemos el control de todo, que la seguridad que creemos tener puede romperse en un instante y que la vida no siempre avisa.
Quizá por eso hechos como este nos remueven tanto. Porque nos obligan a parar, a valorar lo cotidiano, a dar las gracias por llegar a casa, por un abrazo, por un “ya estoy aquí”.
Ahora es tiempo de acompañar, de respetar el dolor y de enviar todo nuestro cariño y apoyo a quienes están atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida.
Hoy no hacen falta más palabras. Solo estar, acompañar y respetar, también desde la distancia…
Arancha Jiménez



