No hace tanto tiempo que a Peñaranda se la reconocía como una ciudad muy culta, muy leída. Sin embargo hay algunos signos, en la vida diaria y en la histórica, que se dan de bruces con esa teoría. Hay detalles, anacronismos, que convendría corregir para seguir ostentando con gallardía esa distinción. Y no me refiero a todas esas normas de urbanidad que se infringen porque sí, por maldad o por ignorancia. Eso le puede pasar a cualquier ciudad que se precie.
Me refiero a esos otros detalles de calado histórico, es decir, que vienen de largo, que se han perpetuado en el tiempo y que nadie les pone remedio. Por ejemplo, el escudo de la propia ciudad, el escudo nobiliario que nos identifica como colectivo. Es postizo, falso de toda falsedad, no pertenece a esta ciudad y no tiene nada que ver con su historia. Tenemos por escudo de Peñaranda de Bracamonte a un blasón que pertenece al apellido Peñaranda, con sus cinco castillos bien chulos. Pero es que aquí nunca hubo un castillo, ni por asomo.
Peñaranda de Bracamonte se levanto sobre una llanura, en un cruce de caminos, nada más lejos de un enclave defensivo o de una fortaleza. Bueno pues a algún iluminado ilustrado no se le ocurrió mejor cosa que identificarnos con los 5 castillos del antiguo y noble linaje originario de la casa de San Llorente de la ciudad de Soria. Esos “Peñaranda” llevaron los cinco castillos a su escudo por habérselos tomado a los moros Gómez Sánchez de Peñaranda, caballero principal y alcaide del castillo de Peñaranda de Duero (Burgos). Pero las armas de la Peñaranda hoy salmantina –que fue abulense en distintas épocas, incluso en parte del siglo XIX- son históricamente las de la familia Bracamonte que traen, escudo de plata, con chevrón negro adiestrado de un mazo, y bordura azur; con ocho áncoras de oro, en recuerdo del almirante francés Mosén Robín de Braquemont con quien se inició este linaje en España. Y así puede verse en los restos arqueológicos que tenemos delante de los ojos, no solo los escudos nobiliarios en la iglesia San Miguel Arcángel, sino los que hay en el parque “La Huerta” procedentes del convento de San Francisco, levantado bajo el mecenazgo de los primeros Bracamonte; igual que alguno colocado en la fachada de un edificio de viviendas, de la misma procedencia; por no citar la abundante colección que puede advertirse en el convento de las MM Carmelitas, fundación de don Gaspar de Bracamonte. Mas numerosa es la representación pétrea de los Bracamonte en la ciudad de Ávila, claro, donde Mosén Rubí se afincó e inició su linaje. En fin, el rigor histórico obliga a recuperar el escudo oficial de la Ciudad, con las armas de los Bracamonte. Los cinco castillos son un fraude consentido. Optemos por un nuevo blasón en cuyo primer cuartel estén las armas de los Bracamonte puras; luego… si se quiere, las de otros linajes con los que los Bracamonte se mezclaron posteriormente, a lo largo de los siglos, Dávila, Guzmán y Pacheco, principalmente. Córdoba, Portocarrero, Fernández, Tovar o Velasco, tampoco desentonarían. Cualquier cosa menos esos cinco castillos absurdos.
Eso sería permanecer en la ignorancia.
¡Bueno, ala, hasta otro día!
HIGINIO ORGAZ



