Hace nada que empezó el nuevo año y no paro de ver por todas partes listas de propósitos: lo que queremos cambiar, lo que queremos conseguir, lo que “este año sí o sí” vamos a hacer. Yo era de esas personas. Pero este año he decidido algo distinto: este año no hay propósitos.
Este año solo quiero aprender una cosa: que cada día es una vida entera.
Porque el otro día leí algo que me hizo pensar. Decía que el amanecer se parece a cuando nacemos; que el sol avanzando es crecer, decidir, luchar; y que la noche es una especie de muerte simbólica. Y es que, aunque no nos guste pensarlo, nadie nos garantiza que al día siguiente vayamos a volver a ver salir el sol.
Y entonces entiendes algo importante: el único momento que de verdad existe es este.
Por eso, este año se acabaron los propósitos que muchas veces dejamos de cumplir cuando pasan las primeras semanas y se nos olvida que estamos estrenando año. Este año, mejor sin listas interminables, ni exigencias imposibles.
Este año, no dejemos nada por decir. No guardemos gestos para después. No retengamos perdones. No acumulemos amor.
Así que este año, vive cada día como si fuera una vida entera. Vivamos. Tengamos anécdotas. Equivoquémonos, aprendamos, sintamos.
Y sobre todo, no nos quedemos con las ganas de nada.
Arancha Jiménez



