Estos días, algunas ciudades, como Madrid, se preparan para acoger el gran evento del año. En lo que respecta a la capital, los que hemos pasado por allí en las últimas jornadas hemos comprobado que ya está comenzando a cambiar su ritmo con el montaje de grandes escenarios y pantallas, la implementación de planes para el desvío del tráfico, la presencia de vallas donde antes había paso libre… Todos estos preparativos no se deben a los conciertos de Bad Bunny que la capital de España también va a acoger estos días, sino a la visita a nuestro país de Su Santidad, el Papa León XIV.
Estas grandes coberturas generan molestias, pues, lógicamente, nadie celebra el cierre de calles y plazas, un atasco inesperado, los constantes rodeos en las rutas habituales o el desvío de paradas de transporte público. Pero también es cierto que este tipo de acontecimientos nos recuerda algo que la vida cotidiana a veces nos hace olvidar: que habitamos un espacio común.
En el fondo, hay algo profundamente humano en esa transformación caótica. Las localidades que acogerán la visita apostólica de León XIV dejarán de ser únicamente un conjunto de calles y edificios para convertirse en un escenario colectivo en el que una infinidad de personas, de distintas edades y orígenes, compartirán una misma emoción ante la llegada del Papa. Y todos – trabajadores, voluntarios, fuerzas del orden y personas más o menos creyentes– viviremos unos días en los que comprobaremos, más que nunca, que las ciudades son, principalmente, los sentimientos de sus habitantes y visitantes, y no el asfalto que cubre sus calles.
