Muchos ven a los obispos como príncipes de la Iglesia. Otros como diana para todos sus ataques y reproches. En cambio, los que conocemos un poco su vida sabemos de sus preocupaciones y multitud de tareas.
Nunca ha sido fácil el ministerio Episcopal y mucho menos en la actualidad. Ya lo decía el apóstol Pablo a la comunidad de Corinto. Además de las fatigas, los golpes, los peligros, el trabajo y las noches sin dormir, la preocupación y la solicitud por todas las iglesias.
Gracias a Dios, ya no vivimos en el nacional catolicismo y al igual que el mundo ha cambiado, la Iglesia y su jerarquía también han sufrido una gran transformación. El Concilio Vaticano II hablaba de los obispos como padres, hermanos y amigos, y en efecto, la mayoría son considerados así.
Resulta evidente que quien no conoce la vida de la Iglesia y vive del pasado, solo retroalimentamenta sus tópicos y estereotipos. Es una pena que se verbalicen tantas descalificaciones y se muestre tanto odio a personas de las que se desconoce su vida, su tarea, sus inquietudes.
Claro que nadie es perfecto y que se pueden cometer errores, incluso con lo que se dice o se hace, podemos ocasionar mucho daño. Pero en ningún momento debemos confundir el todo con la parte, porque de esta manera lo único que hacemos es generalizar y culpabilizar a todos.
También debemos recordar que en cuestiones como la guerra, la inmigración, los abusos a menores o el asunto del Valle de los caídos que generan tanta polémica, mientras los obispos intentan recuperar y reunir al rebaño, otros con su ambigüedad y odio dispersan y hacen estragos en la Iglesia. Instrumentalizar estos temas para ocultar ideologías excluyentes y antievangélicas es la manera de atacar lo que se dice defender.
Buenos días, Lauren Sevillano.





